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Rubéola

actualizado a 1 de Abril, 2005

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Concepto. Definición

La rubéola o tercera (III) enfermedad exantemática según la denominación clásica, es una entidad de etiología virásica que cursa con un exantema maculopapuloso, que en la mayor parte de los casos recuerda al sarampión, aunque se distingue de éste por una menor afectación del estado general, por una fiebre y por un exantema menos intenso, junto a una reacción ganglionar a nivel occipital y una plasmocitosis en sangre periférica. Se trata de una enfermedad de curso habitualmente benigno, aunque en una mujer embarazada puede tener muy graves consecuencias, como tendremos ocasión de analizar.

La rubéola estuvo durante siglos confundida con el sarampión, del que fue distinguida en 1786 por Fritsch, aunque Schönlein consideraba que se trataba de una forma intermedia entre el sarampión (I enfermedad) y la escarlatina (II enfermedad).

Fue en 1881 en el Congreso Internacional de Medicina, en Londres, cuando la rubéola fue definitivamente separada del sarampión. En esta fecha, a la enfermedad que en la actualidad conocemos como rubéola se la denominó “German measles” (sarampión alemán) para distinguirla del “English measles” o sarampión clásico. De hecho, todavía en la literatura anglosajona existe un cierto confusionismo terminológico ya que al sarampión se le denomina también como “Measles” o rubéola y la rubéola con los sinónimos de “German Measles” o “Rubella”.

Etiología

La rubéola está producida por un virus filtrable, aislado en 1962 por Parkman y cols y Weller y col. Pertenece a la familia de los Togaviridae y al género Rubivirus. Aunque está próximo a los alfavirus, se distingue de ellos por no necesitar un vector transmisor y por ser serológicamente distinto.

Epidemiología

La rubéola es una enfermedad con una contagiosidad menor que la del sarampión. Antes de la instauración de la vacuna, las epidemias de rubéola ocurrían cada 8-10 años, es decir con intervalos de tiempo superiores a los del sarampión (3-5 años) y se daban preferentemente en primavera. La aplicación de la vacuna contra la Rubéola ha producido una reducción espectacular de la enfermedad en los países desarrollados (ver figura 1). En 1964 se declararon en EE.UU., 12 millones de casos. El contagio se produce por mecanismo directo del enfermo al sano a través de las gotitas de Pflügge, especialmente en el período exantemático, aunque el virus puede diseminarse a partir de la garganta desde 10 días antes de aparecer el exantema, hasta 2 semanas después de iniciado el mismo. Este dato debe ser bien conocido ya que limita considerablemente las posibilidades de profilaxis en las situaciones de riesgo (mujeres embarazadas).

Durante mucho tiempo se ha asegurado que la rubéola, como el sarampión, confiere inmunidad permanente. Sin embargo, hoy sabemos que es posible una reinfección en casos de sujetos que previamente padecieron la enfermedad o fueron vacunados contra la misma al detectarse un incremento en el título de anticuerpos, lo cual puede acompañarse de una forma leve de enfermedad o cursar de forma subclínica. Esta reinfección es más frecuente en las personas vacunadas que en las que padecieron la enfermedad por el virus salvaje y en aquellos sujetos que tienen un título de anticuerpos de inhibición de hemaglutinación de 1:64 o menor, aunque esta protección puede tener una relación no solo cuantitativa sino también cualitativa, lo que explicaría que la reinfección rara vez cursa con viremia, lo que es de gran interés para evitar la embriofetopatía rubeólica.

Clínica

Desde el punto de vista clínico, debemos distinguir entre la rubéola postnatal en el niño o adulto y la rubéola connatal, en el embrión o el feto.

Rubéola postnatal

La rubéola postnatal es subclínica en el 25-30% de los casos. Como en otras enfermedades exantemáticas podemos distinguir un periodo de incubación de unas 3 semanas de duración, totalmente asintomático, que se sigue de un periodo invasivo caracterizado por una fiebre moderada acompañada de un discreto cuadro catarral, con mínima conjuntivitis sin fotofobia, con cefalea, malestar, anorexia, enantema orofaríngeo moderado y adenopatías lactocervicales, retromastoideas y a nivel occipital, que son muy características. Estos ganglios pueden presentar un tamaño variable, desde un guisante a una nuez, están bien delimitados, son móviles, moderadamente dolorosos y pueden persistir durante semanas en algunas ocasiones. Puede detectarse en ocasiones esplenomegalia, lo que explica el marcado linfotropismo del virus rubeólico.

En el curso de pocas horas o 1-2 días aparece la fase o periodo exantemático, aunque muchas veces es la primera manifestación objetiva de la enfermedad, con un exantema maculopapuloso que se extiende, como el sarampión, en sentido cráneo caudal pero más rápidamente, ya que en el curso de 24 horas cubre toda la superficie cutánea, persistiendo durante 2-3 días (ver figura 2).

Respecto a las características del exantema, en la rubéola éste puede ser de tipo morbiliforme, es decir semejante al sarampión atenuado, ya que es menos intenso, con menos tendencia a la confluencia y dejando por tanto más zonas de piel sana, o de tipo escarlatiniforme con un exantema en “papel de lija”, aunque sin la faringoamigdalitis y el triángulo de Filatow (ausencia de erupción en el triángulo nasobucal) que acompañan al exantema de la escarlatina.

El exantema tiene una coloración rosada y una duración de 48-72 horas y se desvanece rápidamente dejando, en ocasiones, una muy discreta descamación furfurácea.

En aproximadamente un 20% de los casos se observa un enantema a nivel del paladar blando y úvula en forma de manchas rojizas de 1-2 mm. de diámetro que se conocen como manchas de Forscheimer. Este enantema es transitorio ya que aparece el primer día del exantema y dura menos de 24 horas y no es específico de rubéola, ya que puede observarse en otras infecciones. En la figura 3 se recoge el perfil clínico típico de la rubéola.

Diagnóstico

El diagnóstico de la rubéola se basa en criterios epidemiológicos y clínicos (ver tabla I). La presencia de un leve o moderado cuadro febril, junto a un síndrome catarral y un exantema moderado maculo-papuloso, habitualmente morbiliforme, que se extiende rápidamente junto con adenopatías occipitales, debemos pensar -en un niño no vacunado- que se trate de una rubéola. El diagnóstico diferencial habrá que plantearlo con cuadros que puedan cursar con manifestaciones clínicas similares (ver tabla II). En sangre periférica suele observarse una leucopenia con neutropenia, como es habitual en las infecciones virásicas, con linfocitosis y es característica en la rubéola la presencia de células plasmáticas en un elevado porcentaje de casos, con un número de plasmocitos en sangre periférica que varía del 5 al 30%.

Las pruebas serológicas tanto de IgG específica con un incremento 4 veces superior de los niveles en la fase de convalecencia respecto a la fase aguda, así como la determinación de IgM, 1-2 semanas después de la aparición del enantema confirmarán o descartarán la sospecha diagnóstica.

Complicaciones

Las complicaciones de la rubéola postnatal son raras, siendo excepcional una sobreinfección bacteriana.

En adultos, especialmente en mujeres, más rara vez en niños y en hombres, la rubéola puede dar lugar a artralgias o artritis a nivel de dedos, muñecas o rodillas, coincidiendo con el exantema o una vez desaparecido éste. Generalmente es una manifestación pasajera que se resuelve en pocos días o semanas, cuyo mecanismo patogénico no está suficientemente aclarado, aunque puede estar mediado por inmuncomplejos o por acción directa del virus en la articulación (artritis infecciosa virásica), ya que se ha podido aislar el virus de la rubéola de los derrames articulares de pacientes con artritis agudas o recurrentes debidas a la infección rubeólica natural o a la vacunación.

Otra complicación de la rubéola es la púrpura trombocitopénica que ocurre aproximadamente en 1 de cada 3.000 casos de infección rubeólica, aunque en nuestra experiencia algunos brotes de rubéola tienden a producir esta complicación con mayor frecuencia que otros. Esta púrpura trombocitopénica asociada a la infección rubeólica es más frecuente en niños que en adultos y en ocasiones la trombocitopenia puede pasar desapercibida si no cursa con manifestaciones evidentes de diátesis hemorrágica. Más rara es la encefalitis como complicación de una rubéola; cuando ocurre se da más en adultos y tiene unos índices de mortalidad que alcanzan al 20-50%.

También puede verse una hepatitis ya que el virus ruebólico puede afectar al parénquina hepático como lo hacen otros virus al margen de los clásicos. (A, B, C, etc.).

Rubéola connatal

Mientras que la rubéola postnatal es una enfermedad benigna en la inmensa mayoría de los casos, debemos considerar la trascendencia que esta infección tiene en la mujer embarazada. En 1941, Gregg llamó la atención, en Australia, sobre la relación existente entre la infección rubeólica en la embarazada y la aparición de una serie de malformaciones congénitas. Por primera vez pudo demostrarse la capacidad malformativa de una enfermedad presuntamente viriásica, pues en esta época todavía no se había podido aislar el agente etiológico de la rubéola. Las malformaciones encontradas estuvieron localizadas preferentemente a nivel:
1) ocular: con catarata congénita uni o bilateral, microftalmia, glaucoma, estrabismo, retinitis, etc. que conducen a una grave ambliopía en la mayor parte de los casos;
2) cardiopatías congénitas preferentemente acianóticas o potencialmente cianóticas, tipo persistencia del ductus, comunicaciones interauriculares o interventriculares, etc.; y
3) sordera por afectación del órgano de Corti, a veces asociada a defectos del pabellón auricular.

Esta asociación de cataratas, cardiopatía y sordera constituye la llamada triada de Gregg, que junto a la deficiencia mental, microcefalia, retraso de crecimiento intrauterino y otras anomalías caracterizan a la embriofetopatía rubeólica. Estas malformaciones se evidencian cuando la infección rubeólica ocurre durante el primer trimestre del embarazo, en el período de organogenésis y la afectación de estructuras tan alejadas unas de otras se explica por la cronoespecificidad que se da en las malformaciones, de tal manera que éstas están más en relación con el momento en que incide la noxa, en este caso el virus ruebeólico, que con la naturaleza de la misma.

En 1964, se produjo en EE.UU. una importante epidemia de rubéola que afectó a más de 12 millones de personas (ver tabla III). Las autoridades sanitarias de aquel país calcularon que en dicha epidemia la enfermedad ocurrió en 250.000 mujeres gestantes y se vieron afectados más de 30.000 embarazadas. Probablemente esta cifra es menor de la real ya que pudo haber casos leves de embriofetopatía rubeólica que no fueron detectados. En esta epidemia se observó no sólo el clásico síndrome descrito previamente por Gregg, caracterizado por anomalías oculares, malformaciones cardiacas, anomalías auditivas y afectación del sistema nervioso central junto a retraso de crecimiento intrauterino, sino que se pusieron de manifiesto otras alteraciones tales como: púrpura trombocitopénica, hepatoesplenomegalia, ictericia, alteraciones óseas, dentarias, miocarditis, neumonía intersticial, etc. Toda esta “nueva” sintomatología no es de tipo malformativo, no son tanto unas manifestaciones de embriopatía sino de fetopatía. Esto se explica porque la persistencia del virus de la rubéola en el periodo fetal da lugar a esta fetopatía, prolongación de la embriofetopatía rubeólica, que se denominó “síndrome de rubéola expandido” (ver figura 4, figura 5).

Las manifestaciones precoces y a largo plazo del síndrome de rubéola expandida se recogen en la tabla IV.

El riesgo de síndrome de rubéola connatal cuando la infección materna primaria ocurre durante el primer trimestre del embarazo, es del 20-25%. Este porcentaje global varía si concretamos más las fechas: llega al 50% cuando la infección ocurre en el 1er mes, al 10% cuando se produce en la 16ª semana de gestación y es prácticamente nulo después de la vigésima semana de embarazo.

El diagnóstico de rubéola connatal se basará en la anamnesis (contacto de la embarazada no inmune o no vacunada previamente con enfermos de rubéola o manifestaciones clínicas de rubéola en la embarazada), en la seroconversión del suero materno con aparición de anticuerpos antirrubéola tras una determinación previa negativa, en la clínica característica presente más o menos florida en el recién nacido o lactante y la determinación de anticuerpos específicos tipo IgM en el recién nacido.

En la tabla V se recogen los criterios para el diagnóstico de rubéola connatal.

La profilaxis de la R.C. se debe hacer, bien provocando la enfermedad natural en las niñas o administrando la vacuna antirrubeólica en el periodo puberal. En mujeres con actividad sexual, no embarazadas, que carezcan de anticuerpos antirrubéola, se aconseja la vacunación durante los días de la regla, para estar seguros de que no están embarazadas, y se debe evitar la gestación durante un periodo de 2-4 meses, por la posibilidad remota de que el virus vacunal atenuado pueda tener efecto lesivo sobre el producto de la concepción. También se puede vacunar inmediatamente después del parto a mujeres susceptibles de padecer la enfermedad, tomando las precauciones anteriormente señaladas.

En las mujeres embarazadas que no hayan pasado la enfermedad y que no estén vacunadas contra la rubéola, se evitará que entren en contacto con estos pacientes y en caso de que lo hayan tenido, se aconseja administrar gammaglobulina específica a grandes dosis (20 ml) por vía intramuscular, aunque la eficacia de esta medida es muy discutible, ya que su empleo sólo puedo servir para enmascarar en la madre las manifestaciones clínicas pero no para prevenir la infección en la embarazada.

La rubéola postnatal no requiere tratamiento, solo de forma ocasional e individualizada se recurrirá a medidas sintomáticas en caso necesario.

La profilaxis de la rubéola mediante la vacunación debe hacerse de forma sistemática preferentemente en las mujeres, a fin de evitar la embriofetopatía rubeólica, como ya hemos referido previamente.

La difusión de la vacuna antirrubeólica, introducida en EE.UU. en 1969, ha disminuido de forma radical la incidencia de la enfermedad y ha evitado la aparición de epidemias en los países donde se usa de forma sistemática.

Se debe evitar vacunar a las mujeres embarazadas aunque no se han comunicado efectos teratógenos en los hijos de las madres que recibieron la vacuna cuando se les administró sin conocer que estaban embarazadas. Hasta 1990, el CDC ha seguido a 1.100 mujeres en esta situación sin haber encontrado ningún caso de rubéola connatal asociado a la vacunación.

 

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